
...Una leve sensación de ahogo que desde hace un rato me pesaba, me hacía presagiar que algo extraño y quizás, fuera de lo normal, pasaría.
Estaba leyendo un micro-cuento de Juan José Arreola, o al menos lo intentaba. De un momento a otro, uno de estos desordenados individuos se levanta de su puesto con los ojos perdidos reclamando que alguien le había robado.
Corriendo por el salón, comienza a gritar de forma exagerada, se atreva a acusar a las llamadas "palomas" de culpables, se abalanza sobre ellas con una locura que desde hace tiempo ansiaba por salir, pero es detenido por la autoritaria voz de quien mantenía por primera vez en el año el curso en silencio.
Sin pensarlo, y a sangre fría, el desquiciado sujeto se abalanzó sobre el enorme cuerpo de del profesor hasta tumbarlo en el suelo, no contento con eso, comenzó a gritar a todos lados que le debían dinero. Alguien del grupo de las "palomas", suelta con terror la caja con mercadería al momento de que todos arrancaban de la horrenda escena. Me quedo mudo, paralizado, sin poder mover los músculos del cuerpo, solo observo el aterrador desenlace de este verdadero thriller…
El robusto y querido profesor, en un desesperado intento por escapar, empuja de un fuerte manotazo al desquiciado psicópata, quien cae cuan largo es, sobre la mesa especial para docentes. Grave error, ya que en ese lugar, se logra apropiar de un considerable trozo de espejo roto que hace unos momentos había roto nada menos que uno de mis mejores amigos, y uno de los más despistados.
Toma el cristal roto sin importarle el daño que se propinaba en la mano. Con gotas de sangre corriéndole por la incontrolable mano, comienza a marcar el camino hasta el acorralado profesor. Con un leve aroma a golosina y una esquizofrénica sonrisa en el rostro, se lanza desde uno de los bancos frontales al pizarrón, aferrándose con manos y piernas al chaleco del profesor, que mientras caía, podía ver como volaban las innumerables cantidades de pelusas que el desquiciado alumno sacaba con desenfreno desde chaleco, culminando este ritual con la penetración del afilado cristal en el extenso pecho inocente del esmerado servidor del saber.
Ya con las manos ensangrentadas, el desquiciado comerciante se levantó triunfante, sin pensar que su cometido no fue logrado, ya que a duras penas, y con un poco de mi ayuda, lograba levantarse. Pero el herido maestro, ya colmado de las constantes interrupciones en las clases por parte del alocado alumno que se le venían a la cabeza, y cegado por la ira contra este individuo, decide interceptarlo con una rabia vengativa, alcanzándolo a metros de la puerta de la sala, y embistiéndolo con una descomunal fuerza que sin controlarla, lo lleva hasta el borde de la baranda, de donde sin poder evitarlo, ambos caen hasta el primer piso, en donde sus cuerpos se quedan totalmente inmóviles, quietos por fin, ensangrentados fríos, muertos…